Dom Pérignon (Champagne)
Cuando, en 1668, el Padre Pierre Pérignon se hizo cargo de su puesto de jefe de la bodega de la Abadía Benedictina de Hautvillers (cerca de Epernay y de Reims), manifestó su objetivo de producir "el mejor vino del mundo".
Esta ambiciosa aspiración significó un espíritu visionario y una audacia extraordinaria al tratarse de un joven monje de 30 años. Pero tuvo éxito, pues transformó la historia del vino y, hoy en día, es reconocido mundialmente como el padre espiritual del champagne.
 

La Casa Dom Pérignon ha perpetuado hasta la actualidad el enfoque visionario que le imprimió su fundador, una visión que continúa expresando la esencia del verdadero lujo: la reinvención continua de lo excepcional.

Esta reinvención se ha convertido en la guía de Richard Geoffroy, el actual jefe de cava de Dom Pérignon, mientras crea cada nueva cosecha de champagne. Tal como él mismo dice, "Las uvas nunca son iguales de un año para otro. Si una cosecha no cumple con las estrictas normas de Dom Pérignon, entonces no habrá añada de champagne este año. No es un juicio de valor sino un criterio estético".

La exclusiva personalidad de Dom Pérignon nace de este compromiso creativo: Hay una permanente y paradójica tensión entre las cualidades distintivas de una añada y el espíritu intemporal de Dom Pérignon; un sentimiento que le da su carácter, ligereza, riqueza etérea y suavidad, desde el primer sorbo hasta el último aroma en boca.

La profunda emoción de consumir Dom Pérignon nace precisamente de esa tensión mantenida por una marca cuyo nombre está íntimamente asociado al nacimiento del champagne hace más de 300 años; una marca que, a lo largo del tiempo, se ha convertido en un indiscutido icono del lujo.

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